Amor a primera vista

Un poco tarde, lo sé, pero ayer estaba francamente cansado y no me veía con ánimo de terminar este relato. Lo cierto es que lo he escrito mitad para llenar el hueco de hoy en el blog, mitad para presentarlo a un concurso de microrelatos de TMB que Monti me envío, aunque por la naturaleza de la historia no lo presento con intención de ganar. Puede que no sea una gran obra, pero creo que aquellos que la leáis pasaréis un buen rato. (1 página)

Víctor salió de su casa cuando todavía estaba amaneciendo, el invierno estaba resultando algo frío sin duda pero, sobre todo, insufriblemente húmedo. No es que hubiera llovido demasiado aquel año, pero había en el aire una cierta condensación que se le metía en los huesos y le humedecía el corazón. En la escalera se había cruzado con la anciana González, una de esas abuelas aburridas que se levantan a comprar el pan antes de que esté hecho en las panaderías. Ambos se miraron con desprecio e intercambiaron saludos de cortesía antes de seguir sus caminos. Tened una buena semana (1 página)

Víctor era una de aquellas personas anodinas que rara vez hacían nada que valiera la pena almacenar en la memoria, al menos no más allá de la memoria sensorial, o la memoria a corto plazo en el mejor de los casos. Cogió un periódico gratuito y lo ojeó. Política, recortes, corrupción, un par de muertos en un accidente de tráfico, y montones de publicidad. Se apartó el negro cabello aún húmero de las sienes y miró su reloj, llegaba un poco tarde a trabajar, pero no demasiado.

El reloj de la estación marcaba un minuto y treinta segundos, Víctor se sentó en uno de los bancos metálicos y echó la cabeza para atrás con desidia. Dejó pasar el tiempo con la mente en blanco y el cuerpo relajado. Cuando quedaban cuarenta segundos, aquellos mismos que uno nunca sabía cuánto iban a durar realmente, ya que el reloj empezaba a cambiar el tiempo restante sin ton ni son, se levantó del, en ese momento menos frío, banco metálico, y dio un par de pasos hacia la vía.

La chica no parecía gran cosa desde atrás, un poco alta de más para su gusto, elegante, eso sí, con una figura algo alargada e indudablemente refinada, pero nada más. Otra vez el reloj volvía a marcar cuarenta. Su cara perecía transmitir la misma desidia, rutinaria y abrumadora, que le apresaba a él. Un joven de cabello engominado y gesto descuidado pasó tras Víctor con la música de su mp3 lo bastante alta como para que él la escuchara con cierto detalle. La chica giró la cabeza en su dirección. Otra vez cuarenta segundos. En ese momento ambos se reconocieron. Víctor vio en la mirada de la chica algo que le atrajo. Sus rasgos eran como todo su cuerpo, elegantes, algo refinados, y un poco más alargados de la cuenta quizás. Pero el conjunto transmitía una cierta sensación de fuerza, un poder inherente no tanto a la composición de su cuerpo, como a algo en su interior. La chica dio un paso hacia él, y clavó su mirada en las sorprendidas pupilas de Víctor. Treinta segundos. Ambos se reconocieron al instante como iguales, no simplemente por la desidia, si no por la inquebrantable voluntad compartida de salir de esa situación, de encontrar un camino que les llevara a la felicidad. Se besaron. Veinticinco segundos. Un beso breve, tímido, un beso propio de niños en el patio de un colegio. Entra. Se tomaron de la mano, cerrando los ojos, y saltaron.

Los periódicos locales hablarían del suicidio de dos jóvenes amantes, los nacionales de política, y los de deportes, de fútbol. Pero con independencia de lo que dijera la prensa escrita, Víctor sabía que había encontrado el amor, un amor que le acompañaría en su corazón por siempre jamás.

(13/04/11)


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