Autopsia de «Barco de verde madera»

Hacía tiempo que no escribía una de mis «autopsias» (casi lo mejor de ellas eran las preguntas que me hacían algunos sobre el título de esta sección, eviscerando el verso, o sobre porque las llamaba autopsias) pero sea como fuere aquí tenéis la historia tras el poema que ayer podíamos leer. Confío en que al menos os riáis.

Cuando llego con tiempo de sobras a algún examen me gusta hacer una de dos cosas, o pasear por los jardines de «Palau Reial» si están abiertos, o bajarme una parada antes e ir dando un paseo pasando junto a las torres de Mordorbank, la Caixa, o como se hayan puesto ahora de nombre.

Otra costumbre que tengo, quizás menos respetable aunque algo más ortodoxa si cabe, es la de evaluar la proporción de carnes de las chicas, que no mujeres, cuando bajo del metro y quedo atrapado en mitad de la marabunta de viajeros que buscan las salidas. Podéis llamarme pervertido, o simplemente hombre, yo prefiero pensar que es mi forma de lidiar con el estrés de la aglomeración y la imposibilidad de andar a mi paso normal.
En este caso concreto, como se puede deducir en el poema, me quedé prendado de una chica que iba en la misma dirección que yo y que hacía gala de una cadencia que hasta los metrónomos envidiarían. No quiero decir simplemente que tuviera un buen culo, bien saben quienes me conocen que soy mucho más de tetas, sino que verdaderamente tenía un movimiento en un cierto punto hipnótico, amén claro está de unas proporciones y formas igualmente dignas de minucioso estudio.

Y en estas andaba yo, de camino a un examen de derecho perdido en mis… voy a decir pensamientos, cuando oí la voz de la profesora a quien dedico el poema, saliendo inmediatamente de mi estupor y dándome media vuelta sin acordarme más de la anónima muchacha, que por cierto era de mi misma universidad aunque probablemente de otra facultad.

La profesora en cuestión estaba hablando por el móvil sentada frente a las torres de Caixabank (pues así se llaman ahora) hablando sobre gestiones no identificadas. La saludé con la mano, me hizo un gesto de tedio haciendo alusión a su conversación, sonreí, segundo saludo, y me di media vuelta sabiendo que escribiría un poema sobre lo que acababa de pasar. Ya en ese momento se me ocurrieron las ideas básicas de la sirena llamando a un navegante y la voz de Atenea rescatándole en el último minuto y en cuanto a lo demás, melancolía y falsas esperanzas, sueños rotos, una imagen enardecida de uno mismo, son todos ellos elementos comunes en mi poesía reciente por obvios motivos.

El caso es, como reflexión final, que me parecen muy divertidos estos momentos, el segundo en que dices «poema al canto» ese instante en que ves una situación bajo el prisma óptimo para transformarla en poema, bien por su ironía, bien por que te conmueve, bien porque, como en este caso, dice quizás más de ti mismo de lo que pueda parecer a simple vista. Hay veces, como esta, en que tienes claro qué escribir, y veces en que das unas cuantas vueltas antes de encontrar algo, incluso veces, y estas son muy tristes, en que al final no sale nada, pero ese momento de inspiración vale siempre la pena. Es distinto a cuando estás triste o melancólico y te pones a escribir, o incluso a cuando te viene una idea y empiezas a darle vueltas. No sabría como explicarlo exactamente, quizás porque es la única vez en que en lugar de buscar o ver un poema te das de bruces con él, vives dentro de él unos segundos y puedes casi tocarlo, y aunque pasados esos escasos segundos todo desaparece y te quedan sólo algunas ideas, con suerte algunos versos sueltos y líneas generales, son instantes de existencia plena, momentos en que casi sientes a Atenea sonreír en tu cabeza. No sé si eso tiene sentido para alguien más, pero lo tiene para mí.

Y nada más, espero que este paseo por mi cotidianeidad y mis elucubraciones haya sido ilustrativo, educativo, interesante, o al menos, que no haya inducido al suicidio de nadie que no escuche regetón. Que tengáis un buen día.


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