Bernina Kulm V

Quinta entrada de la serie, Héctor se ve obligado a tomar algunas decisiones difíciles que le llevarán a terreno pantanoso. Uno de los fragmentos duros de la trama que espero os entretenga y horrorice a partes iguales. Un saludo a todos. [Click aquí para leer este relato desde el principio]

–¿Y bien? Le recuerdo que el tiempo es…– un agujero humeante apareció en mitad de la frente del portavoz, que se desplomó acompañado de los gritos de algunos de sus compañeros.
–Señor…–
–Órdenes– le dijo a Chris cuando pasó a su lado.
–¡Estás…!– un segundo disparo impidió seguir a la joven y rubia muchacha, creando un silencio instantáneo.
–Bien– se dirigió Héctor a la multitud. –¿Quien es el jefe?– nadie respondió nada. –¿Nadie lo sabe?–Héctor disparó a alguien en la tercera fila –¿Qué tal ahora?– otros dos en las filas del final –¿Vamos recordando?–
–¡Señor!– Chris se puso frente a Héctor con la espalda vuelta a la multitud– Su actuación vulnera el código de conducta del cuerpo de exomarines de la Tierra–
–Tengo órdenes Latham– respondió Celaya con tono mecánico.
–¡Son civiles!–
–También los millones que necesitarán médicos en Marte. Que no los tengas delante no quiere decir que no estén sufriendo. Que no mueran hoy no quiere decir que no lo hagan mañana– Alguien hizo un amago de moverse y Héctor le disparó. –Hay que fijar prioridades–
–Ésta no es la manera– Chris se apartó un poco de Héctor dando la espalda a la multitud.
–En la lucha por la supervivencia no hay buenas ni malas maneras, sólo vivos y muertos. Un instante después dos tipos saltaron sobre Chris y le tiraron al suelo. Héctor cubrió con una ráfaga de disparos a los que tenía cerca y, sólo después, dio media vuelta para fulminar a los atacantes de su compañero, que luchaban por hacerse con su fusil. Un vapuleado Chris Latham emergió de bajo uno de los cadáveres y cogió su arma, aún temblando por la adrenalina de la sorpresa.
–Tu vida o la suya Latham. He sido mayordomo y he sido soldado; llevo toda la vida cumpliendo órdenes, y por una vez me alegro de anteponer las necesidades de muchos a los caprichos de unos pocos.
–A sus órdenes, señor– respondió hincando una rodilla en el suelo y apuntando a la multitud sin demasiada convicción.

Aquello se alargó durante diez sempiternos minutos. A los muertos fueron a unirse los gritos de dolor y los insultos de los heridos, que se retorcían por el suelo sin que los demás hicieran nada por ayudarles. Disparo a disparo, el hedor a carne quemada se fue volviendo opresivo. Disparo a disparo, los llantos histéricos se unieron a los gritos. Disparo a disparo, los cadáveres se llenaron de plasma, y el humo que ascendía de sus despojos revolvió las entrañas de sus espectadores.

Héctor miró alrededor suyo, en pié entre los muertos, entre los gritos, entre los vómitos de los vivos y de toda aquella carne incinerada. Así, pensó el soldado, debe de ser una barbacoa en el corazón del infierno. Y sin embargo, Héctor no buscaba al demonio, sino a Judas. Alguien lo bastante egocéntrico como para seguir de una pieza en mitad de aquello y lo bastante egoísta como para vender a su madre con tal de salvarse.

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