BlackJacq

-¿Estás bien?- Jacqueline le contemplaba con aspecto preocupado, tumbada a su lado en la cama. –Pareces sobresaltado amor- añadió besándole brevemente.
-He soñado algo extraño- Se limitó a contestar mirando fijamente la pared.
Elías contempló el té sobre edulcorado que humeaba a escasos centímetros de él. Al otro lado de la mesa Jacqueline le contemplaba con la misma mirada dulce y afectuosa con la que le había mirado desde que posó sus ojos en él la primera vez que se vieron haría ya algunos meses. Elías le sonrió un instante antes de terminar de dar cuenta de su café. Su convivencia era por lo general silenciosa y apacible, de compañía y presencia más que de palabra y acción. Cuando hubieron terminado Elías recogió los escasos utensilios que había utilizado para desayunar y se fue hacia su habitación.
-Luego tenemos que ir a comprar, que nos vamos a quedar sin comida- Elías se paró frente a la puerta de su despacho y la abrió silenciosamente, todo estaba impoluto en su interior. Cerró la puerta despacio y sin comprender nada y se volvió hacia el comedor.
Elías se encontraba terminando el dibujo en DIN A3 que había empezado hacia tanto tiempo para Mila, lo cierto es que Jacqueline no le había dejado demasiado tiempo para trabajar en aquello, ni en ninguna otra cosa en realidad de haberla tenido. No es que le resultara cargante en absoluto, pero sí requería bastante atención.
-¿Ya vuelves a estar con eso?- Jacqueline estaba en la puerta del comedor envuelta en una toalla, húmeda, pero sin dejar marcas en el suelo.
-En algún momento tendré que terminarlo-.le respondió sin levantar la vista del papel. Jacqueline se acercó a él y se le colocó detrás, abrazándolo por debajo de los brazos mientras oprimía su pecho contra la espalda de él.
-Dibujas bien, pero prefiero que utilices las manos para otras cosas- susurró al oído de Elías, dejando en este el tenue calor de su aliento y la humedad de sus labios.
-Sí, pero aún así tengo que terminar esto- le contestó Elías. Jacqueline hizo un gesto de disgusto y rodeo la mesa sentándose en la silla que había frente a Elías, inclinándose hasta proyectar su sombra sobre el dibujo, y sus pechos casi sobre la mesa, asomando por el límite de una toalla que suplicaba desatarse y prometía hacerlo de un momento a otro. No obstante Elías seguía absorto en su trabajo, por lo que Jacqueline se decidió a soltar su larga melena, menos rizada tras la ducha, que cayó sobre la mesa.
-Me lo vas a mojar todo- Se quejó Elías, en cuya voz comenzaba a notarse turbación.
-Ni una gota- dijo –Te lo prometo con el corazón- Agregó en tono de escolar arrepentida mientras llevaba una de las manos de Elías a su pecho. Elías por su parte levantó la mirada, sólo para encontrar que su amante acababa de subirse a la mesa y estaba a cuatro patas sobre ella, con sus ojos caoba a escasos centímetros de él.
-Jacqueline por Dios…- era otro de sus pulsos de siempre, y él sabía que no podía resistirse a la álgida mirada de felina sensualidad de aquella mujer. La toalla resbaló por la espalda de Jacqueline hasta dar con el frío suelo. Por su parte la chica se cernió lenta pero firmemente sobre su amante sin causar una sola arruga con sus piernas torneadas, sin que cayese una sola gota del agua que cubría sus senos ya desnudos sobre el trabajo de Elías. No era por falta de ganas, ni siquiera por la promesa, era la imposibilidad de destrozar aquel dichoso dibujo lo que la frenaba. Elías quedó asombrado de cómo Jacqueline no dejó huella de su paso por encima del frágil papel. Sólo sudor, olor a sexo rabioso y ardiente, del que deja arañazos y marcas de mordiscos sobre la piel del amante. Pero Jacqueline jamás dejaba marcas en el cuerpo, sólo hacía mella, firme y concienzudamente, en la mente y el corazón de su enamorado. De nuevo, no era por falta de ganas.
Tras una ducha rápida se decidieron por fin a ir a comprar. Poco sentido tendría destacar las aventuras y desventuras del precio del pescado, pues dado que Elías no charlaba en voz alta con su imaginaria compañera, si no que lo hacía, por el contrario, mentalmente, la gente sólo se extrañó de ver a alguien que gestualizaba en exceso. Pero a nadie le sorprendía demasiado, dado el aspecto de trabajador estresado del que hacía gala Elías, que este fuera un tanto histriónico, o incluso extravagante.
-¿Puedes llevar esto a casa? Quiero saludar a alguien un momento- Le pidió Elías a Jacqueline cuando pasaban por delante de donde trabajaba Mila.
-Ya vendremos luego, vamos ahora a casa ¿o te vas a meter en un bar con toda la compra?- le respondió esta algo irritada.
-Sólo es un momento, ves tirando tú y luego te alcanzo- la gente empezó a mirar a Elías, que había empezado a hablar en voz alta. La discusión se prolongó algo más, y los transeúntes se reían por lo bajo, pensando que Elías discutía por el manos libres. Finalmente Jacqueline se marchó, sin llevarse las bolsas y alegando algún absurdo pretexto, y Elías se fue hacia la cafetería.
-Lo de siempre pero sin el bocadillo, ya he desayunado y tengo algo de prisa-
-Un poco rebuscado para pedir un café- contestó el dueño del bar.
-¿Con quien discutías por el móvil?- le preguntó Mila saliendo de detrás de la barra.
-¿Móvil? Hablaba con…- en aquel preciso momento Elías contemplo los enormes tazones de chocolate que le observaban con mayor atención que nunca. –Es igual… ¿cómo te va todo?- preguntó Elías, al que le acababan de traer su café.
-Bueno… ya sabes…- comenzó notando un nudo en la garganta –Algo solitario-
-Ya… la vida lo es un poco si no tienes con quien compartirla- En ese momento una pequeña gema brillante se formó en uno de los ojos de Mila, que con absurdo pretexto se dirigió al baño. Elías se marchó sin terminar su café, dejando recado al dueño de que se disculpara con Mila y esgrimiendo, como venía siendo tradición aquel día, un pretexto sin sentido.

(Sigue…)


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