BlackJacq

Las siguientes semanas fueron algo más ajetreadas, Elías aprovechó cada momento que Jacqueline le dejaba de tranquilidad para terminar el dibujo que se había propuesto regalarle a Mila hacía ya tanto tiempo. El verano había dado paso al otoño y los días eran algo más cortos cada vez. Por su parte Jacqueline no se tomó demasiado bien el tener que ausentarse de al lado de su amado cada vez más frecuentemente. No obstante se había guardado su As final para una ocasión especial, ya que si no podía alejar a Elías de aquella arpía a la que le debía el borrador de su cuerpo, la alejaría a ella de él.

Entrando en el bar, con el dibujo terminado bajo el brazo en un tubo de transporte de cuando todavía trabajaba y que había tenido que sacar de su despacho no con poco esfuerzo, Elías empezó a encontrarse mal. Pidió con un gesto, y su estado no pasó desadvertido para el dueño del bar, que decidió mantener un ojo en él. Elías tomó su mesa habitual y esperó. Un puñado de voces se agolpaban al borde de sus oídos mientras las sombras trepaban por las paredes tentando su visión con engaños.
En momentos como aquel resultaba complicado distinguir la realidad de la ficción, por ello en aquellos momentos, y en otros como aquellos, desconfiaba de sus sentidos. Sabía que en breve estaría sumido en una pesadilla alucinógena, pero en aquel momento todavía no había perdido el contacto con la realidad. Como si de un tigre que acecha tras la maleza se tratara, Elías procuraba discernir el momento exacto en que traspasaba la línea que separaba la realidad empírica de sus alucinaciones. Su mayor pesadilla era dejar de distinguir ambos mundos. Su pesadilla era, sin él saberlo, un tigre con forma de mujer.
-Perdona que te haya hecho esperar, mi jefe siempre quiere que almuerce cuando ya me haya ido, pero no lo conseguirá- Le saludó Mila con una sonrisa. Elías no contestó.
-¿Elías?- Dijo pasándole la mano frente a los ojos. Al ver que Elías no respondía apoyó su mano sobre el hombro de él. Este aspiró profundamente y de forma violenta, aterrizando de golpe en la realidad, y asustando a Mila.
-¿Decías?- Respondió Elías de forma automática.
-Nada, no te preocupes ¿Cómo va todo?- Mila aún se asustaba al encontrar a Elías en uno de sus trances, nunca había pasado nada extraño, pero aún así le impactaba mucho.
-Normal- atajó Elías. –Te he traído un regalo- añadió entregándole el tubo.- Siempre pienso que te tengo que hacerte un dibujo más grande, de modo que aquí lo tienes. No sé que más hay en el tubo, lo he tenido que coger de mi despacho y no he tenido valor para abrirlo- Explicó a continuación. –No lo abras ahora y dime ¿cómo va todo?-
-Trabajo, casa, casa, trabajo- Mila sonrió. –Mi vida no es mucho más interesante que la tuya- Mila era consciente del sacrificio que tenía que haber supuesto a Elías sacar aquel polvoriento objeto de su despacho para traérselo. –De verdad, muchas gracias por el regalo yo…-  quedó muda al ver que Elías se inclinaba sobre ella. –Qué…- Este recogió con el índice y el pulgar un par de migas que habían quedado sobre su cara y sacudió con infinita delicadeza, las que habían quedado sobre sus hombros.
-Eres un desastre… una mujer debería ser más refinada comiendo- le reprochó él en tono suave sin atreverse a mirarle a los ojos.
-Alguien habrá que quiera a una mujer desastrosa- Mila hablaba a veces con un tono infantil, sacándole la lengua, como en este caso.
-Sí… alguien- zanjó Elías mirando al suelo con una tímida sonrisa asomando al borde de sus labios. En aquel momento sintió por un instante un tenue mareo y la aceleración de su pulso, después el suelo comenzó acercarse a él a una velocidad sorprendente. Lo último que vio, por el rabillo del ojo, fue el gesto asustado de Mila, sobrecogida por su desvanecimiento. Nada más quedó de aquel día para Elías.

-¿No te has pasado un poco Jackie?- Inquirió el detective en la oscuridad.
-No me llames así- Jacqueline estaba notablemente tensa.
-Vamos, es un buen chico, sencillo, sincero, que va de cara. Y esa chica y tú os pare…-
-Ni se te ocurra decirlo- Jacqueline miró a Bernie con más odio y desprecio del que hubiera sido capaz de aglomerar una comitiva del Ku Klux paseando por Harlem.
-Lo siento princesa- El detective desapareció, dejando a Jacqueline en su íntima y solitaria oscuridad.

(16/05/11)


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