El Lobo y el Hada IV

Y volvemos a estar en jueves. El fragmento de hoy nos trae un nuevo personaje tan maravilloso como insoportable y zumbado. No os perdáis los desvaríos de este entrañable ente del bosque.

Luz, amanecer, frío, dolor. El que crea que un montón de piedras hundidas en la nieve es una buena cama se equivoca. Naida era muy consciente de su error en aquel momento. Todas sus articulaciones parecían estar haciendo cola para presentar quejas por triplicado en el cerebro del hada.
Por lo demás era una típica mañana en el bosque: Los pájaros no cantaban, la verde hierba insultaba a la nieve que la aplastaba, la suave brisa de la mañana dejaba un rastro de escarcha a su paso y unas pisadas ágiles y rápidas se acercaban trotando por el prado.
-Sólo tú podías convertir una verdura en liebres de esta manera Ílidan- dijo una voz conocida mientras comenzaba a escarbar alrededor del refugio de Naida. -¡Un hada! Jamás pensé que hablaría siquiera con una- dijo a continuación.
-Exilio…más…especie- dijo una voz que parecía venir del suelo.
-Aún así es extraño. Y de todas maneras ¿Qué delito puede cometer un hada?-
-Bueno…la curiosidad no sólo… al gato- la voz parecía sonar más cerca de Naida.
-¿Iba a desvelar el oscuro secreto que se esconde tras los arco iris y la purpurina?- se burló el visitante.
-Te sorprenderías…-esta vez fue un susurro dentro del oído de Naida, que salió volando a toda prisa sólo para chocar de frente contra la férrea pata del lobo.
-En tu ruleta hasta el 10 es rojo ¿Verdad?- dijo Todd mirando al cielo.
-Siempre me gustó más el majhong- respondió una voz en el viento.
-¿Desde cuando los lobos hablan con los guardianes del bosque?- preguntó Naida
-Sólo hablo con uno, y es más bien el espíritu de un viejo amigo. Dale las gracias por la comida- sonrió Todd con malicia.
-¿Un muerto te dio comida para mí?- Naida se quedó pálida contemplando el montón de piedras. -Y he dormido en su altar- aquella idea tampoco parecía gustarle.
-Eso no es un altar- dijo Todd ampliando su sonrisa.
-Entonces…- el lobo bajó la cabeza hasta la altura del hada con la misma sonrisa.
-Es una tumba- le susurró al oído. Naida miró la pequeña montaña de piedras con los ojos salidos de las órbitas y decidió que aquel era un buen momento para desmayarse.
Cuando despertó se encontró en mitad de una mata de pelo calentita y en movimiento. Todd andaba con cuidado para que Naida no se cayera, no tenía claro cómo había llegado hasta allí encima, pero era mucho más cómodo que sentarse en la nieve. El sol estaba ya alto en el cielo e iluminaba sin calor el bosque.
-Ya puedes bajarte- dijo Todd al llegar a su cueva. -Llevas medio viaje dándome picores- añadió rascándose con una de sus patas traseras.
-¿Cómo haces eso?- preguntó Naida mientras Todd seguía rascándose. -Es raro-
-Siendo un lobo-
-¿El tal Ílidan era alguien de tu manada?-
-Era algo así como un druída al que conocí ya exiliado-
-¿Es un humano? ¿De los que talan árboles y queman bosques?-
-Bueno, no de esos… pero sí, era humano cuando yo lo conocí-
-¿Y no le atacaste?- preguntó Naida sentándose frente al morro de Todd.
-No era comida, no había intentado nada raro ¿por qué iba a atacarle?-
-Siempre pensé que era más un instinto as… bueno… ya sabes- Naida no quería ofender a Todd. En su cabeza lo único que impedía a los carnívoros intentar matar a las piedras era composición inorgánica.
-No sé si te has dado cuenta pero la hierba sí vuelve a crecer donde yo piso-
-¿Y por qué no iba a hacerlo?-
-Digo que no voy matando todo lo que veo ¿Sabes?-
-¿Y cómo distingues lo que es comida de lo que no?-
-Hecho de carne, lo bastante pequeño como para matarlo, lo bastante lento como para atraparlo- respondió rascándose una oreja con la pata. Naida se apartó. -Y que no sea o haya sido mágico- añadió con un suspiro. -Hablando de magia ¿Qué fue de la tuya?-
-El círculo te la da de niña, al exiliarme la perdí-
-¡Menuda tontería!- espetó Todd. – Te pueden partir un colmillo en una pelea, pero nadie te los da, salen en tu boca ¿no? Además ¿De dónde sacaron entonces la magia las hadas del círculo ese?- Naida se quedó mirando fijamente el suelo a sus pies…
-Esa fue la pregunta que hizo que me expulsaran- Naida se tumbó de espaldas. -Sólo las hadas del círculo tienen acceso a esos conocimientos. Las demás tenemos que confiar en su palabra- Naida quedó en silencio. -Dicen que pervertiría nuestras jóvenes mentes-
-¿Hay que tener más de ocho años para entrar?-
-¿Cuántos años tienes?- Naida miró a Todd con una ceja arqueada. -Tengo setenta y tres años y la mayor de las hadas del círculo mil doscientos treinta y ocho el año que me expulsaron- Todd quedó helado un instante, el lobo más viejo que recordaba había llegado a los diez años.
-Tengo…cuatro… soy un lobo… adulto- Naida se quedó mirando a Todd tumbada como estaba en el suelo y estalló en carcajadas descomunales. Todd pegó un bufido que lanzó a Naida por los aires todavía riendo y se tumbó de espaldas a ella.
-Así que mi grandullón tiene cuatro años- dijo volando frente a su morro. -¿Por qué te echaron a ti?- Naida se sentó sobre su morro.
-Supongo que podríamos decir que por amor-
-Hubiera jurado que fue por lujuria- aportó Ílidan en la cabeza de Todd.
-No preguntaré como funcionan las cosas en tu especie- dijo Naida.
-Vosotras sois las que sois todas del mismo sexo-
-No nacemos como crees, y desde luego no sentimos esas cosas- respondió orgullosamente ella.
-En las manadas de lobos sólo el macho dominante se aparea y había una loba que… bueno, supongo que sigue en la manada-
-Si te sirve de consuelo…- comenzó subiendo a su cabeza con un rápido aleteo. -Yo me hubiera quedado contigo- susurró tumbada sobre su cabeza.
-¿Cómo?- Todd sonrió.
-¡Si fuera una loba!…o sea si las hadas sintiéramos esas cosas… que tenemos sentimientos claro… ¡Pero no de ese tipo! O sea que para ser un lobo eres… bueno… cuando te conocí no pensé que…o sea…-
-Tú también me causaste una mala primera impresión- sentenció Todd todavía sonriente antes de entregarse a su siesta con Naida sobre la cabeza.

La cuesta final del invierno fue bastante menos pronunciada que la inicial. Por algún motivo las liebres, que antes se le habían resistido tanto a Todd, empezaron a caer regularmente de nuevo y hasta algún cérvido despistado se convirtió en su almuerzo. Hacia el final del invierno hasta los peces volvieron a estar disponibles y la vida de Todd volvió a ser relativamente fácil. Naida por su parte encontró la salvación en las garras de Todd y en su habilidad para desenterrar alimentos congelados de debajo de la nieve. Pasaban más tiempo buscando comida para ella del que Todd pasaba cazando, pero al lobo no parecía importarle. Para cuando el sol volvió a brillar con fuerza ambos conocían sus respectivos mundos y pasados bastante bien. Naida resultó ser una charlatana acabada que cogió la costumbre de viajar sobre la cabeza de Todd, al que le tocó escuchar pacientemente las anécdotas y los cotilleos de setenta años en una hermandad de hadas. Naida procuraba no pensar en lo que hacía Todd cuando se marchaba solo durante horas. Nunca lo habían comentado, quizás por qué lo sabían. Ya en primavera Naida decidió que la cueva del lobo era un buen sitio para guardar comida. A mediados de verano el hada volvió a atreverse a salir sola por el bosque, no obstante, seguían pasando la mayor parte de su tiempo juntos. Uno hubiera podido pensar muchas cosas de no ser por que las hadas no sentían tales afectos. Cosa que Naida se aseguraba de repetir cada vez que podía.

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