Final alternativo «Resurrección»

Este era el final original del relato Resurrección, primera parte de Las Cenizas del Fénix, con Héctor como protagonista. Se modifico atendiendo a criterios de calidad. (2 páginas)

Para los que vengan leyendo el relato en orden, la saga sigue aquí.

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-¿No piensas abrir los ojos?- oí una voz que no era la del oficial. Obedecí, y me encontré en una cabaña de aspecto bastante rústico. Por la ventana entraba una luz cálida y acogedora que hacía mucho tiempo que no veía, la del sol en un amanecer en la tierra. Los muebles eran los básicos, mesas sillas, una pequeña cocina de leña, y, a excepción de esta última, de hierro, todos estaban construidos en madera. Yo estaba sentado sobre una de las sillas, y frente a mí humeaba una bebida en una taza de cerámica que, por su olor, debía de ser te verde.
-Disculpa el anacronismo, pero pensé que querrías algo de beber- dijo un hombre sentado frente a mí. Asentí y apuré la dulce y abrasadora bebida en un par de tragos.
-¿Dónde estoy?- inquirí finalmente cuando logré recuperar algo de calma
-En mi casa- el hombre esperó a que me tranquilizara
-Para ser el infierno es bastante acogedor- pensé en voz alta.
-¿El infierno? ¿Y por qué habría de ser el infierno?-
-Ya sabes, los asesinatos y demás- me encogí de hombros yo
-Ah, bueno, si todos los que han matado a alguien tuvieran que acabar en el infierno llevaría lleno desde principios del diecisiete, eso sin mencionar el siglo veinte… terrible sin duda- el hombre parecía bastante mayor, de aspecto tranquilo y sereno, con el pelo corto y una barba incipiente, más propia de un afeitado deficiente que de una voluntad por llevarla. Sus ojos sin embargo parecían estar llenos de fuerza y aplomo, en clara contraposición con el aspecto algo descuidado del resto de sí mismo.
-¿El cielo entonces? Esperaba que fuera algo más espectacular-
-¿Por qué habría de ser el cielo?- se limitó a contestar el anciano.
-¿El limbo?- aquella conversación estaba empezando a enervarme.
-Tengo la impresión de que das por sentado que has muerto-
-Bueno, lo último que recuerdo es a un psicópata apuntándome con una pistola, así que creo que es una deducción bastante prudente-
-Sin duda, no obstante ¿Qué se puede deducir de la muerte?-
-Qué no forma parte de la vida, eso seguro-
-Muy atrevido comentario para alguien que nunca ha ido más allá de las fronteras de la vida- el anciano contempló el paisaje por la ventana. –Bonito día ¿verdad?
-¿Quién eres?- estallé finalmente.
-Las presentaciones, sí, sí, discúlpame Héctor ¿Dónde he dejado mis modales?- comenzó el anciano aceleradamente. –Soy Ílidan, y supongo que para ti soy un druida, o una alucinación perimortem- añadió.
-¿Qué estoy haciendo aquí y de qué me conoces?-
-Cuanta prisa ¿Qué os pasa en tu siglo? Todo el mundo va al grano sin disfrutar de los preludios- el anciano resopló un par de veces mientras hablaba.
-Cosas de las telecomunicaciones, ya sabes, el mundo va muy deprisa-
-No, el mundo siempre ha ido a setecientos noventa y dos mil kilómetros por hora junto con el sol por la galaxia y a ciento siete mil doscientos ochenta de media orbitándolo. Está hecho para ir a esa velocidad. Las personas, por le contrario, somos las que hemos ido yendo cada vez más deprisa, incluso contra nuestra propia naturaleza, siempre corriendo ¿Cuándo fue la última vez que te paraste a disfrutar de lo que te rodea?- refunfuñó el anciano con el tono característico de aquellos cuyo tiempo pasó y que no supieron adaptarse a las nuevas eras que llegaron.
-¿En la base lunar?- me limité a contestar con sorna.
-Más a mi favor, respira este fragmento de naturaleza, disfruta del canto de las aves, deja que el sol impregne tu piel y te cale hasta los huesos-
-Perdóname si no me deleito con los pequeños placeres de la vida, pero no valen mucho cuando se está muerto, o a escasos metros de un loco armado- respondí en tono irónico.
-Buen argumento…el caso es que te he traído aquí para hacer un trato contigo- comenzó el anciano con voz tranquila. –Estás a punto de morir, yo puedo ayudarte, pero a cambio quiero que hagas algo por mí- prosiguió lentamente.
-Como lo próximo que digas sea que quieres mi alma voy a olerme algo raro- contesté burlándome de aquel producto de mi imaginación agonizante.
-¿Para qué iba yo a querer tu alma?- preguntó el anciano. –Además tú no puedes dármela, no te pertenece- añadió mirándome como si fuera estúpido.
-Es mi alma ¿no?- espeté casi riendo. –Podré hacer lo que quiera con ella-
-Tú le perteneces a tu alma, no al revés, en todo caso podría comprarte a ti a tu alma- el anciano continuaba mirándome como si fuera estúpido, aunque personalmente la situación me parecía de lo más cómica. –Sea como fuere, no estoy interesado ni en la compra de personas ni de almas, necesito tu ayuda en una empresa, un proyecto a largo plazo- prosiguió tras suspirar.-Quiero que me ayudes en dicho proyecto a cambio de, por así decirlo, darte la opción de vivir para verlo-
-¿Porqué yo? ¿Porqué no otro de los muchos de los que ya han muerto?- en ese momento Evans pasó por mi cabeza y me crispé por completo.
-¿No es obvio? Ellos no me sirven-
-¿Soy el elegido?- pregunté arqueando una ceja.
-¡No seas ridículo! Hay decenas como tú-
-¿Y por qué no les reclutas a ellos?-
-¿Qué te hace pensar que no lo he hecho ya? No eres el primero ni serás el último, simplemente ahora estoy en una posición privilegiada para negociar contigo, por eso estoy hablando contigo y no con otro en este preciso instante-
-Vale… ¿Y qué tengo que hacer?-
-Por lo pronto dejar el ejército de tierra y hacerte piloto-
-¿Y luego?- pregunté no terminándome de creer absolutamente nada.
-Luego, luego… Luego será otro momento, impaciente ¿Te interesa?-
-¿Y como piensas salvarme de un balazo a quemarropa?-
-No he dicho que vaya a salvarte de nada, sólo que te daré la opción ¿No te gustan las opciones?- me preguntó el anciano.-Personalmente las encuentro una fantasía deliciosa- prosiguió. –Resulta fascinante cuan desesperadamente lidiamos por alejar de nosotros las que imaginamos nos disgustan, como nos sentimos asfixiados sin ellas y sin embargo nos aterran cuando se presentan en copioso número-
-Sí… fascinante- arqueé las cejas mientras le miraba.
-Oh, sí, sí, disculpa, ya aprenderás a su tiempo, por lo pronto, ¿Esta opción en concreto te interesa?- preguntó de nuevo pidiéndome perdón con un gesto.
-Mejor que morir sí será- le tendí la mano y, tras estrechársela, un fogonazo de luz me devolvió a la realidad.

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(Sigue aquí…)


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