La hermana pequeña III

Tercera  entrega y quizás una de las más turbadoras escenas de este relato que, aunque es el más largo hasta la fecha parece que no me va a durar tanto como pensaba. Cosas de no querer romper las escenas y buscar una mínima inteligibilidad entre entradas. Tened un buen día.

El despacho no hubiera resultado más lujoso ni ostentoso de haber estado chapado en oro, aunque sí hubiera sido mucho más hortera. Las maderas nobles que conformaban el suelo, las paredes y los muebles se hallaban impolutas, lo mismo que el cuero de los sillones y sofás no tenía marca alguna. Köhler se aseguraba de que todo permaneciera en ese estado cambiando cualquier cosa que tuviera aspecto de haber sido usado aunque sólo fuera remotamente. Esto tenía, además del anterior, otro efecto sobre cualquiera que estuviera en aquel despacho. Daba la sensación por completo de ser impersonal, como en una tienda de muebles, uno casi esperaba darse la vuelta y encontrarse una cocina expuesta tras de sí.
Köhler estaba sentado en uno de los dos sillones separados por una mesa de café con una botella y un vaso hasta arriba de algo que hubiera sido alcohol en otro tiempo, antes de las restricciones de los médicos, y que ahora era un mero placebo para tratar en vano de engañar a su cerebro.
-Buenos días señor Köhler- le saludé de pié junto a la mesilla. -¿Me ha hecho llamar?-
-¿Eh?… Sí, sí- respondió Köhler distraído. –Acaban de llegar los informes que solicitamos a raíz de la reducción de los márgenes de beneficios debido al aumento del coste de los materiales y adjuntan una petición de medio millón más para la renovación de la infraestructura prevista en el plan general- dijo en tono didáctico mientras tomaba un trago. –Mierda, a veces creo que me toman por imbécil- añadió más molesto. Tomé los papeles de la mesilla de café y los ojeé superficialmente antes de llevarlos hasta el escritorio.
-Parece que el corte de suministros desde las regiones exteriores del sistema solar a afectado al suministro de maquinaria, cosa que las empresas productoras locales han aprovechado para subir los precios exorbitantemente- le resumí yo aún de pie. –Haré unas cuantas llamadas si quiere para asegurarme de que los precios que marcan en el informe son definitivos, pero no parece que haya nada que hacer al respecto- resumí yo. Durante un par de horas estuvimos discutiendo los aspectos logísticos del negocio, las estrategias, como encajar aquel gasto extraordinario en las cuentas. La verdad es que, tal y como había dicho Jakobsson, Köhler sólo quería resistirse un poco ante alguien para que su autoestima no se resintiera tanto al claudicar. En Marte tenían razón en el tema de la maquinaria, eso sin entrar en las materias primas importadas de las lunas de Júpiter y Saturno. La política de la empresa había sido no subir los precios, una política que volvimos a discutir aunque no alteramos, a fin de cuentas el tamaño del emporio empresarial de Köhler le permitía absorber esos gastos extraordinarios, y mantener los precios estables había hecho a su compañía bastante popular entre las gentes que habían visto subir el precio de sus cestas de la compra desde el inicio de la guerra. Desde su punto de vista la guerra con los exteriores era una bagatela que los poderosos estaban aprovechando en su favor, así las empresas de Köhler, ayudadas sin duda por las campañas de marketing, proyectaban una imagen de empresa preocupada por los problemas de la gente, aún cuando no era más que una estrategia para ganar cuota de mercado. Y pese a que los beneficios netos se habían reducido, la situación no era ni mucho menos preocupante excepto para Köhler, que veía su autoridad personal menoscabada con cada nueva concesión.
-El caso es que echarse atrás ahora y subir los precios tendría un efecto tremendamente nocivo, teniendo en cuenta las campañas de marketing que hemos estado haciendo- dije yo en un momento dado de la conversación.
-Pero es que se están burlando de mí- respondió con la mirada fija en la mesa. –Casi puedo oírles reírse a mis espaldas con cada derrota, con cada debilidad- dio un ligero golpe sobre el sillón con los puños.
-Señor Köhler- empecé tras soltar un suspiro. –Un hombre bueno no es un hombre débil- dije apoyándome en el reposabrazos de su sillón. –Ni tampoco lo es un hombre razonable e inteligente- los pies me mataban después de dos horas paseando por el parquet de aquella habitación.
-¿De verdad lo piensas?- su tono se había vuelto casi un susurro.
-Por supuesto, es una buena estrategia a medio plazo, cuando la guerra acabe y los costes vuelvan a ser los que eran usted conservará la cuota de mercado ganada, confundir lo que se dice en los anuncios con la estrategia que subyace y tomarle por un débil sentimental es absurdo- expliqué con voz ya algo cansada.
-Digo sobre mí- inquirió aún más bajo. En aquel instante giré la cabeza y me topé con su mirada clavada en mí, brillando los ojos de terror mientras sus manos se debatían por resistirse a hacer, o quizás precisamente por hacer algo.
-Perdone- dije poniéndome en pie de un salto. –Los pies…- añadí como explicación.
-¡Oh! Sí, perdona- exclamó atropelladamente. –Siéntate por favor, deja que te pida algo- prosiguió pulsando un botón desde su mismo asiento. Casi en el acto entró una mujer con uniforme de criada, otra antigua niña que no resultó ser tan especial, y Köhler le pidió un té rojo para dos. Me senté en el sillón al otro lado de la mesilla de café y continuamos hablando sobre negocios hasta que llegó el té. Entonces me puse en pié para servirnos una taza a cada uno. La serví de la mesita de madera con ruedas en la que lo habían traído, con ademanes lentos y acompasados, casi podía ver a Köhler seguir mis manos moverse con delicadeza detrás de mí. Él mismo me había enseñado a servir bebidas a modo de ritual, no sabría decir si erótico o romántico, de manera ineficiente, con movimientos de apariencia insegura y casi torpe. Cuando le serví el té, inclinándome ligeramente para ofrecérselo volvió a quedarse congelado, cualquier otro me hubiera mirado el escote, Köhler en cambio no se atrevió a pasar de mis labios, en los que se dibujaba una sonrisa que, si bien no solía ser el caso, algunas veces casi se tornaba sincera.
-Gracias Érica… no sé que haría sin ti- me dijo mirando su té.
-Sólo soy una asesora, una de las muchas personas a su servicio- respondí mecánicamente. –Me gusta serle útil- añadí oliendo distraídamente el té.
-A eso me refiero, la fidelidad, la sinceridad- prosiguió armándose de valor. –Es difícil encontrar en quien confiar para alguien en mi posición-
-No tiene importancia- dije queriendo zanjar el tema.
-Aprecio mucho… más si cabe en una mujer…- en ese momento Köhler titubeó durante un segundo. Casi pude ver las palabras ir tomando forma en la comisura de sus labios.
-En todo caso, llamaré a Marte- dije tomando rápidamente los papeles de la mesita de café con un gesto firme. –Creo que con algo de suerte podríamos recortar gastos en otros sectores para reducir el impacto de estos gastos excepcionales- cambié de tema rápidamente, hablando con el tono más profesional del que fui capaz.
-Eh, sí, haz eso- retrocedió un poco aturdido Köhler. Lo poco que continuó la conversación estuvo plagado de silencios y largos sorbos de té. Estaba bastante claro que sólo hacía falta un pequeño empujón por parte de cualquiera de los dos para hacer que nuestra relación cruzara el punto de no retorno. Por fortuna ni Köhler iba a ser capaz de reunir el valor suficiente si tenía que mirarme a los ojos, ni yo tenía la intención de volver a ser la niñita especial de nadie.

-¿Quieres decir que hubieras aceptado?- pregunté sorprendido
-¡Qué remedio!- exclamó Érica encogiéndose de hombros. –Entre ser la heredera de una de las grandes fortunas de la Tierra y ser echada a la calle con tal mancha sobre mi cabeza que no iba a volver a encontrar trabajo como no fuera de limpiadora no es como si hubiera opción- añadió con una simpleza que hizo que me estremeciera. –De todas formas aquel viejo no hubiera durado demasiado, aún sin guerra, y todos sus millones bien valen estar casada con un pervertido medio impotente- “bromeó” a continuación.
-¡De qué demonios estás hablando!- vociferé haciendo que la mitad de la cafetería se diera la vuelta. –Yo preferiría pudrirme en una cuneta antes de…- me di cuenta de que estaba de pie, con todo el mundo mirándome con ojos asustados, todos menos mi hermana, y me volví a sentar, golpeando firmemente los reposabrazos de la silla y lanzando un juramento por lo bajo.
-Tu idealismo resulta reconfortante hermano, créeme, pero en el mundo real no podemos permitirnos tener tan nobles principios- me respondió con tranquilidad Érica.
-Pero…-
-Mira Héctor- me interrumpió con determinación. –Llevo aquí desde el exilio y he conseguido mantenerme a flote con trabajos ocasionales y a media jornada. Mientras tú vuelas por ahí con tu caza reluciente, enfrascado en luchas épicas, hay otros que tenemos que combatir simplemente para llegar a final de mes-
-Yo…-
-Ni se te ocurra tenerme compasión- su mirada me dejó helado.
-Te corre hielo por las venas Érica, me cuesta ver en ti a la niña hiperactiva que eras- respondí finalmente cuando pude recuperar el aliento.
-Sí, más de uno se ha encontrado con que eso le echaba para atrás- sonrió de nuevo con una pizca de tristeza.
-Supongo que no llegaron a ver a la Érica ingenua y sentimental- sonreí yo sin dejar de darme cuenta de que el número de oyentes de nuestra conversación había ido en aumento desde que entráramos en el local.
-Todo lo contrario, son los que esperan que caiga derretida en sus brazos, perdidamente enamorada y con una niña asustada en la mirada los que se llevan la peor parte-
-¿Tanto abundan?- pregunté con interés mientras pedía otra bebida con la mano.
-Por desgracia, parece que soy su tipo- suspiró inclinando la cabeza. –Aunque cada día queda menos de esa Érica- añadió en un susurro. Ninguno de los dos dijo nada más. Le hubiera dicho, al tiempo que le acariciaba la mejilla, que esa Érica está simplemente más en el fondo de sí misma, más oculta, y que sólo tenía que encontrar quien diera con ella. Le hubiera dicho que ya hay suficientes mujeres cuyo encanto reside en su estupidez y complacencia. Le hubiera dicho muchas cosas de no existir, al menos en la especie humana, normas que impiden a un hermano mayor mostrarse tan sentimental con su hermana, como las hay que impiden mostrarle debilidad, o las que obligan a las hermanas pequeñas a tener una voz estridente y desagradable cuando se chivan a la madre. Así pues ambos quedamos en silencio, perdidos en nuestros pensamientos, casi como un golpe de efecto de cara a nuestros anónimos oyentes.


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