Práctica de escritura (Tercera focalizada)

Y aquí tenemos finalmente el ejercicio que me ha dado más trabajo y me ha consumido más tiempo de todos los que llevo escritos para la escuela de escritura. Hay asignaturas en la universidad a las que he dedicado menos tiempo, aunque claro, eso tampoco tiene demasiado mérito. El objetivo de este ejercicio era escribir una misma escena contada por dos personajes, pero con un mismo narrador (en tercera persona). De momento cuenta con el visto bueno de Monti, de mi crítico y de mi novia. Espero que os guste.

Ejercicio sobre tercera focalizada

-Hola –dijo Miguel frente al espejo del baño del restaurante-. Hola –repitió en tono más “seductor”
-Hola -le contestó un hombre saliendo del excusado.
-Hola -respondió él atónito. El hombre se lavó las manos y se marchó sin despedirse. Mientras se pasaba el peine y se arreglaba la chaqueta del traje Miguel pensó que no tendría que peinarse muchos años más.
-Hola- dijo finalmente ante la mesa.
-Hola -sonrió la mujer al otro lado de la misma. Miguel hizo un gesto con la cabeza a un camarero cercano, que no pareció tomárselo a bien.
Marta era una mujer sencilla, eso estaba claro. La había conocido en la cafetería donde paraba a hacer un café rápido de camino al trabajo. Ella hacía lo mismo y por algún desconcertante a la par que inesperado alineamiento cósmico, le había invitado a tomar un café. Miguel, atrapado como estaba en aquella extraña curva de improbabilidad decidió no sólo aceptar la invitación sino coger el toro por los cuernos e invitarla a cenar. Un par de pelícanos que pasaban por allí tuvieron una revelación relacionada con la cosmología de los arenques, pero aquella historia tomó distintos derroteros.
En el restaurante habían pedido y Miguel estaba explicando los entresijos de su cotidianeidad a una fascinada Marta. Se había prometido que tomaría las riendas de aquella cita. A las mujeres les gusta sentirse guiadas por una mano firme y segura. O al menos eso le habían contado.
-Pero basta ya de mí -había que mostrarse interesado en la chica-. Háblame de ti.
-Trabajo en la biblioteca de la universidad. Catorce mil volúmenes de diversión con temas que van del desde el derecho a la jurisprudencia, pasando por legislación y diccionarios jurídicos.
-Suena… -de alguna forma sabía que la palabra horrible no era la apropiada
-¿Tan aburrido como el modelo 036 y la encuadernación?
-No me ocupo de los autónomos- dijo tras un segundo -¿Qué significa “tan aburrido”?
-Que no se me ocurren muchos temas más aburridos.
-¿Además del derecho y la biblioteconomía? -dijo con una sonrisa que se prendía cordial
-¿Qué intentas decir con eso?
-Que lo único menos emocionante que una biblioteca es… la filatelia quizás.
-¿Qué tienen de malo los sellos? -el tono de Marta sugería que pisaba terreno delicado
 -Nada, nada, era una forma de hablar ¿Qué tal la comida?
 -Me gusta este sitio, no lo conocía -dijo ella mirando a su alrededor.
-Vengo de vez en cuando. Es un buen sitio para una primera cita
-¿Es que tienes muchas?- una alarma empezó a rugir dentro de la mente de Miguel
-No…yo… Lo que quiero decir es que creí que te gustaría- Marta sonrió tenuemente y Miguel volvió a terreno familiar. Aquella mujer se lo comía con los ojos, estaba totalmente embelesada, Casi no podía creerlo. Seguridad y aplomo. Y hasta le había funcionado

-Después de ti- dijo haciendo un gesto con la mano mientras miraba a Marta. El débil dolor del impacto contra el metal, seguido por el estruendo del cristal contra el suelo, sacaron a Miguel de su ensueño. En mitad de su alarde de caballerosidad había lanzado por los aires la bandeja de un camarero, ahora empapado e irritado, que permanecía de pié en mitad de la sala. Para cuando quiso darse cuenta Miguel buceaba en un mar de disculpas. Nada de sosegadas respuestas ni comentarios ingeniosos. Adiós al aplomo y la seguridad en si mismo que había conseguido mantener durante toda la cena. Miró por un instante a Marta, allí de pie aguantándose a duras penas la risa y supo que en allí terminaba todo, entre pedazos de cristal fulgurante y arroyos de cava dorado.
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Miguel no era el hombre más llamativo que una se pudiera encontrar, ni el más alto, ni tampoco el más fuerte. Probablemente no fuera el más absolutamente nada pero en conjunto formaba un paquete tartamudeante y sudoroso que siempre conseguía arrancarle una sonrisa. Marta no le pedía demasiada emoción a la vida, amaba los libros, el té, el sonido de la brisa entre las hojas y estaba harta de los imbéciles supertestosteronizados que la consideraban una presa fácil. O al menos pensaba que amaba los libros. Pues jamás había visto a nadie hablar con tanta pasión sobre encuadernación y restauración de volúmenes decimonónicos. Y lo peor era que había empezado hablando de su trabajo en la oficina de hacienda.
En una vida que aburría a las ovejas aquella cita se le estaba haciendo eterna a las piedras.
-Pero basta ya de mí -dijo finalmente por mera educación-. Háblame de ti.
-Trabajo en la biblioteca de la universidad. Catorce mil volúmenes de diversión con temas que van del desde el derecho a la jurisprudencia, pasando por legislación y diccionarios jurídicos.
-Suena…
-¿Tan aburrido como el modelo 036 y la encuadernación?
-No me ocupo de los autónomos- dijo tras un segundo -¿Qué significa “tan aburrido”?
-Que no se me ocurren muchos temas más aburridos.
-¿Además del derecho y la biblioteconomía?
-¿Qué intentas decir con eso? -ambos temas eran mejores que el envejecimiento del cuero.
– Que lo único menos emocionante que una biblioteca es… la filatelia quizás.
-¿Qué tienen de malo los sellos? – dos docenas de libros repletos de estampas postales, en su mayoría de naturaleza, se revolvieron en la mente de Marta clamando venganza.
 -Nada, nada, era una forma de hablar ¿Qué tal la comida?
 -Me gusta este sitio, no lo conocía- Miguel había empezado a sudar y Marta a divertirse.
-Vengo de vez en cuando. Es un buen sitio para una primera cita
-¿Es que tienes muchas?-
-No…yo… Lo que quiero decir es que creí que te gustaría- No sabía si aquel tipo era un idiota haciéndose el interesante en vano o un imbécil creyéndoselo. Pero durante el resto de la cena el pasatiempo de Marta fue escuchar la voz de Miguel quebrarse mientras ella tomaba un bocado tras bocado, de manera cada vez más lenta, o cómo perdía el hilo de lo que estaba diciendo cuando le dirigía una mirada sorpresiva. Ya ni sabía de qué le hablaba, algo tedioso con tono pomposo y aparentemente fascinante.

-Oh Dios mío… perdón, no le he visto…- y en aquel patético momento, mientras Miguel se deshacía en disculpas al tiempo que trataba de limpiar el vino de la camisa del camarero con un pañuelo Marta pudo ver al hombrecillo de voz queda que la miraba de reojo y se quedaba en blanco tratando de decirle algo cada mañana en la cafetería. Miguel le miró con los ojos como platos y Marta no pudo evitar sonreír y hasta reírse un poquito. Tras dejar una propina considerable y disculparse de nuevo con el camarero, que se había hecho con una camisa limpia del restaurante salieron juntos.
-Ha estado bien ¿no? -Miguel tenía la expresión de un perrillo pidiendo limosna.
-¿Sabes? Llevo toda la cena pensando que eras un imbécil y resulta que al final eres sólo un idiota -dijo Marta sonriendo, de pié frente a la escalera del restaurante.
-¿Qué se supone que significa…? -Marta lo interrumpió con un beso suave, aún medio sonriente como estaba-. Pero que conste que tu trabajo es más aburrido -añadió apoyando el índice sobre sus labios. Por un instante pudo ver una chispa en el interior de los ojos de Miguel que quería hacerse la graciosa pero algo, mucho más abajo, le ordenó a su cerebro que cerrara el pico, asintiera atónito, y se quedara absolutamente congelado y confuso. Fue el detalle más romántico de toda la velada. Marta sonrió, le besó y le tomó la mano mientras avisaba a un taxi. No tenía muy claro como iba a terminar la noche. Pero una parte cruel de sí misma le susurraba lo primero que debía de hacer a la mañana siguiente. Si una mujer puede pasarse dos horas oyendo hablar sobre encuadernación y restauración de libros está en su derecho pasarse otras dos hablando de sellos.


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