Resurrección V

-¡Granada!- vociferó uno de los soldados tirándose al suelo. En ese instante me vi estirado escaleras arriba con firmeza, terminando de bruces en el rellano a media altura entre ambos pisos. La explosión atronadora me ensordeció por completo, y llenó de humosa parte baja de las escaleras. Evans me hizo un gesto para que le siguiera y me dije algo que no pude oír por encima del zumbido imperante en mis sentido. Corrimos escaleras arriba mientras Evans hablaba por el comunicador hasta llegar al piso en el que se encontraba el centro de mando.  En lo alto estaban repartidos diversos soldados en grupos de tres, atrincherados tras pequeñas barreras dispersas. Evans habló brevemente con una mujer que, por su forma de gesticular parecía ser la oficial al mando, poco después escuché una detonación tremendamente lejana, que resonó incluso por encima de mis oídos zumbantes, y las escaleras se vinieron abajo. Evans me hizo otro gesto y, tras saludar a la oficial, ambos salimos corriendo. No terminaba de comprender lo que estaba sucediendo. A medida que avanzábamos los pequeños grupos de soldados esparcidos por los corredores giraban sus cabezas para mirarnos al pasar. Transcurrieron algunos minutos antes de que llegáramos al último punto de defensa antes de la sala de control. Una vez allí, Evans habló con el oficial al mando, que intercambió a su vez unas palabras por el comunicador antes de responder a Evans. Nos enviaron a última línea y nos quedamos sentados en el suelo esperando. Los oídos me seguían zumbando, y aunque las voces empezaban a resultar audibles, seguían sin ser más que un tenue murmullo distante e ininteligible. Las expresiones en aquél lugar eran algo más comedidas de lo que habían sido en el segundo puesto, no tenían pinta de ser demasiado experimentados, pero sin duda habían tenido mucho más tiempo que nosotros para templar las emociones, intercambiar palabras los unos con los otros, y, en definitiva, prepararse para un combate que se prometía mucho más complejo de lo que acabó resultando. Tardaron prácticamente dos horas en llegar hasta allí, lo que hacía un total de tres horas y diecisiete minutos desde el inicio de la contienda. Era demasiado tiempo, y nos lo hicieron saber de inmediato. Aún si éramos incapaces de pedir ayuda a la tierra, el silencio en nuestras comunicaciones atraería tarde o temprano la atención de alguien, y llegarían refuerzos. Las fuerzas enemigas estaban al tanto del estado, la estructura, y los efectivos de que disponía la base, pero sin duda habían subestimado a nuestra comandante, cuyas estrategias y maniobras, si bien no podían cambiar el desenlace último de la batalla si les habían hecho perder considerable tiempo. Todo ello se hizo patente en el momento en que se inició el ataque sobre nuestra posición. Al contrario que en la últimas ocasiones, el enemigo no optó por la estrategia, segura pero lenta, de fortificar una posición y aniquilarlos pausada, meticulosa, y tenazmente. Por el contrario, el ataque se inició con un alubión de granadas de mano lanzadas por soldados desprotegidos que en muchos casos acabaron ametrallados por nuestras tropas. Las detonaciones devastaron las primeras filas, y causaron severas bajas en las siguientes. En la última fila salimos bastante bien librados en la medida en la que las trincheras más avanzadas nos protegieron de la metralla. Mientras, las tropas enemigas se lanzaron a la ofensiva con sus fusiles, disparando incesantemente. Nuestros efectivos apenas sí podían contestar al fuego masivo, había muchos heridos, aún vivos, pero completamente indefensos e incapaces de presentar batalla. Pude ver como disparaban a quemarropa a un par de heridos de la primera trinchera que se aferraban a sus tobillos, no tanto enfrentándoles como suplicándoles ayuda antes de decidir que era el momento de otro de nuestros repliegues. Esta vez, sin embargo, fue Evans el que, con su ya habitual costumbre de cogerme del hombro y negar con la cabeza me impidió marcharme. Tomaron las primeras dos trincheras con facilidad cuasi pasmosa, aún teniendo en cuenta las circunstancias y, fortificados en esa posición iniciaron su ataque final contra los que quedábamos.


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