Resurreción III


-No tiene sentido desgastarse antes de tiempo, chico- me susurró sentado a mi lado en la primera línea de trincheras.-Cuando la puerta caiga lo sabremos, hasta entonces, más nos vale reservar energías y estar tranquilos- añadió dándome una palmadita en la espalda. Estuvimos allí sentados mirando el techo y escuchando la respiración nerviosa de los demás, minuto tras minuto las gotas de sudor se acumulaban dentro de mi traje de combate mientras trataba en vano de conservar la calma.
-Contacto con el enemigo confirmado- Se oyó de la frecuencia  del primer puesto de resistencia. Muchos saltamos como un resorte.
-Calma, chico- dijo Evans cogiéndome de un hombro y señalando a Velasco, que seguía sentado y había empezado a revisar y preparar su fusil. –Están en el primer puesto, no aquí- añadió comprobando el suyo. Las manos me temblaban más con cada minuto que pasaba. Evans trató de calmarme dándome conversación, él me hablaba de su familia y yo de lo nervioso que estaba y lo difícil que era estar allí sentado. Alguno de los que estaba ya en guardia disparó a las sombras cuando una luz titiló, despertando los improperios del sargento que fumaba un cigarro pausadamente.
Observé que a  mi alrededor las diferentes actividades en que se ocupaban los soldados. Pocos eran los que permanecían en silencio. Muchos hablaban entre sí, haciéndose promesas y compartiendo métodos imaginarios para salir de aquél lugar lo mejor parados, algunos, habiendo descubierto su amor por Dios, rezaban devotamente abrazados a su fusil. Incluso había un par que se apoyaban en la tesis de que ellos, como herederos de las grandes familias, no deberían estar allí. Yo, por mi parte, me dedicaba a observar cuanto me rodeaba, intentando de algún modo hallarle algún sentido.
-¿Su primera vez?- le preguntó Velasco a Evans refiriéndose a mí.
-Ha disparado por primera vez hace pocos minutos- respondió Evans en tono de burla.
-Ya es mucha más experiencia que la media-respondió con un respingo que quería ser carcajada. -¿Contra quien?- añadió, dejando clara la desinformación general.
-Mercenarios- espetó escuetamente Evans mirando a su alrededor. Velasco y él abrieron un canal de conversación privado por el comunicador y Evans le contó entre susurros cuanto habíamos pasado, omitiendo por descontado todo el asunto de los deltas y nuestra tarea como informadores, pero no la probable presencia de infiltrados.
-Estamos jodidos- sentenció Velasco. -¿Puedo?- inquirió haciendo un ademán.
-Los jefes de grupo deberían estar informados- Velasco reenvió el archivo de audio con el relato de Evans y nos quedamos en silencio.
-¿Y tú que piensas chico?- aventuró finalmente el sargento.
-Que esta tensión es insufrible señor- contesté con simpleza. Velasco sonrió y dio otro de sus respingos con sabor a carcajada mientras encendía otro cigarrillo y se lo llevaba a la boca. Dio una profunda calada y se dispuso a contestarme.
-Se parece un poco a estar en una de esas relaciones condenadas a romperse. Sabes que va a ser duro, que puede que nunca lo superes, hay quien negocia, quien suplica, quien se desespera, quien se aferra a que todo saldrá bien, que se solucionará, y hasta quien niega que eso pueda pasarle a él. Cuando te ha pasado varias veces todos hacemos lo mismo: intentar pasar el tiempo que te queda lo mejor posible, resignarse, y esperar que, con el tiempo, se convierta otra anécdota de bar más- expuso en tono pausado Velasco.
-El primer puesto ha caído- nos informaron por el comunicador. Miré a Evans que negó con la cabeza, los demás soldados a su cargo le miraron con indignación, pero el sargento le sonrió. Por un momento pareció que recibía órdenes por el canal privado. Cerré los ojos con el fusil apoyado contra mi frente y suspiré. La oscuridad se apoderó de mis sentidos, la respiración de Evans se alejó de mí y todo quedó vacío, sábanas de lino blanco y un beso frío apuntalado tras los labios helados de una mujer de fuego tranquilo, calor sereno, amor lejano. Abrí los ojos de golpe con el corazón en la garganta y la respiración cortada.
-Nadie podrá recriminarte nada si rezas llamando a tu madre- me animó Evans.
-Nah, nunca se le dio bien enfrentar los problemas- escupí en un resoplido.
-Sargento, no puedo quedarme aquí esperando que nos maten, quiero luchar- dijo uno de los soldados de la segunda trinchera. El sargento lo contemplo, cejas arqueadas boca ligeramente entreabierta y cigarro colgando ligeramente inclinado hacia el suelo, apoyado en su labio superior. Evans retiró la vista hacia un lado entristecido.
-Muy bien, ves hasta la próxima esquina y espérales allí, así podrás avisarnos antes que nadie, coge un par de cargadores y deja el resto del equipo aquí, así podrás volver a cubierto más rápido- el soldado obedeció y partió hacia su destino ante la atónita mirada de sus compañeros. El sargento desmontó su cinturón de municiones y nos pasó discretamente cinco cargadores, Evans se quedó un par y me dio el resto a mí.
-¿Me lo parece a mí o le han mandado a morir?-
-No tiene sentido perder tiempo y energía discutiendo con alguien que no quiere vivir- Evans se encogió de hombros. –Lo que me recuerda… Coge la munición de los que caigan, y sígueme siempre- me susurró a continuación. Más minutos de sudor y silencio.


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