Una mañana en el parque

Quizás precisamente por eso se decidió a volver a casa dando una vuelta, pasando de nuevo por aquel mismo parque que le había servido de refugio hacía escasas horas. La primera sorpresa con la que se encontró Elías cuando entró en el recinto de la plaza fue que estaba vacía por completo ya que normalmente a esa hora estaba relativamente poblada de transeúntes y personas mayores, lo que la llenaba de una suerte de bullicio de voces y estridentes risas de niños. La segunda fue que la fuente estaba operativa, de su parte central brotaba un poderoso chorro que dispersaba diminutas gotas a merced del viento, lo que refrescaba el ambiente de manera agradable. Elías vio, en ese momento, que había una chica sentada en su banco, y sin saber muy bien el motivo, tuvo la certeza de que era una mujer salida de sus sueños. Tras tragar saliva deseando que hubiera sido whisky, se decidió a acercarse a ella.
Su construcción era más bien refinada, rizos negros y espesos caían en cascada sobre su cara, ocultándosela. No podía ver el título del libro que estaba leyendo, sentada rectamente en el banco, sin prestar atención a nada ni a nadie, pero, a juzgar por los tonos y formas de la ilustración de la portada, hubiera jurado que era una de aquellas novelas románticas en las que el amor vence cualquier adversidad. Aquello era más una percepción esotérica que algo visible, pero sus manos, sin estar gastadas, transmitían un cierto cansancio, una suerte de invisibles cicatrices por las adversidades atravesadas.
Elías pasó junto a la chica, que levantó la mirada un solo instante y le dejó clavado en el sitio. En ese momento una tenue brisa hizo ondular el sencillo vestido, claramente veraniego, que llevaba la desconocida.
-Hola- terminó por saludar en con un hilo de voz rota. Elías no contestó, su mente seguía perdida en el inmenso océano caoba de sus pupilas. La chica se lo quedó mirando, primero con extrañeza, y con una tenue sonrisa asomándole a los labios después.
-Ho…hola- Se dignó por fin Elías. –Nunca había visto la fuente en funcionamiento- añadió torpemente a continuación.
-Yo tampoco- La chica se puso en pie. –Es refrescante- la desconocida estaba cerca de él, castamente cerca, pero aún así más cerca de lo que ninguna mujer había estado de Elías en bastante tiempo. De los carnosos, más rosados que rojizos, y entreabiertos labios de ella manaba como a borbotones, siguiendo el ritmo de su respiración, su aliento cálido y tenuemente sexual, que quedaba pegado a la piel de Elías, contrastando claramente con la húmeda frescura imperante.
Ambos volvieron a sentarse y estuvieron intercambiando banalidades sobre el clima y las últimas noticias, que Elías conocía muy por encima. La muchacha le contemplaba y contestaba envuelta, amén de su vaporoso vestido, en una colección de sonrisas y gestos tímidos, retraída en un rincón del banco sin llegar a estar acorralada. En un momento, miró a Elías directamente a los ojos, con la cabeza aún gacha y una chispa de determinación enquistada en el fondo de sus pupilas
-Soy Jacqueline- Se presentó finalmente la desconocida pronunciando su nombre con una sola bocanada de aire cálido sutil, que quedó apuntalada en la piel de un Elías algo más depredado que depredador.

(12/05/11)


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